La política salteña amaneció este lunes con una noticia que recorrió rápido los pasillos de la Legislatura, los despachos municipales y las mesas de los café donde se teje el entramado institucional de la provincia. Álvaro Ulloa, dirigente de larga trayectoria y figura atravesada por la historia política de Salta, falleció dejando un vacío en los espacios que supo transitar.
Hijo del exgobernador y exsenador nacional Roberto Augusto Ulloa, Álvaro llevaba en su apellido una herencia de militancia que supo reformular con su propio estilo. No se limitó a ser heredero de una tradición: construyó recorrido propio, con convicciones claras y una presencia que lo mantuvo vigente durante décadas en la primera línea institucional.
Los años del Renovador y el salto a Propuesta Salteña
Ulloa desarrolló gran parte de su carrera dentro del Partido Renovador de Salta (PRS), un espacio que en los años noventa y dos mil fue protagonista central de la vida política provincial. Allí ocupó roles clave y se consolidó como una de las voces reconocidas del partido. Su paso por el Concejo Deliberante, donde llegó a ejercer la presidencia, lo mostró como un dirigente con oficio legislativo, meticuloso en los debates y atento a las dinámicas institucionales.
Pero su identidad política no se agotó en ese ciclo. En 2006, tras las internas del PRS que dieron el triunfo a Andrés Zottos y el posterior alineamiento de ese sector con el kirchnerismo, Ulloa tomó una decisión que marcó un quiebre. Junto a Ricardo Gómez Diez impulsó la creación del Partido Propuesta Salteña, una nueva estructura que buscó consolidar una alternativa distinta dentro del escenario provincial. Fue un movimiento audaz, que evidenció su vocación por la construcción política más allá de las estructuras preexistentes.
De la provincia a la Nación
Con los años, su actividad se extendió hacia otras alianzas. Integró la coalición Juntos por el Cambio, sumando su experiencia a espacios de orden nacional. Pero su compromiso con las instituciones también tuvo una faceta ejecutiva: fue delegado en Salta del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), cargo que desempeñó hasta fines de 2019. Desde allí impulsó iniciativas vinculadas a la igualdad, la diversidad y la convivencia democrática, demostrando que su mirada política no se reducía a la administración del poder sino que incluía una vocación de servicio con anclaje en los derechos humanos.
Una figura con peso propio
Quienes lo conocieron destacan su capacidad para el diálogo interpartidario, su conocimiento de los mecanismos institucionales y una forma de hacer política que priorizaba la palabra empeñada. En una provincia donde los apellidos pesan, Álvaro Ulloa supo construir un lugar propio, sin refugiarse en la memoria de su padre pero tampoco renegando de ella.
Su partida deja un hueco en la política salteña. No solo por los cargos que ocupó o las alianzas que integró, sino por ese estilo de dirigente que combinaba oficio legislativo, vocación de gestión y una manera de transitar los desencuentros sin renunciar a las convicciones.
Lo que queda
Álvaro Ulloa se va en un momento complejo para la política argentina, cuando muchas veces se extrañan figuras con su perfil: dirigentes que saben de leyes, que entienden el valor de las instituciones y que pueden dialogar con distintos sectores sin perder identidad.
Ahora, en los pasillos que alguna vez recorrió, en las sesiones donde debatió y en los espacios que ayudó a construir, queda su huella. Y también la lección de una vida dedicada a la política entendida como servicio, con todas las luces y sombras que eso implica.
La política salteña está de luto. Pero también, de algún modo, celebra haber tenido entre sus filas a un constructor incansable. Porque Álvaro Ulloa fue, ante todo, un hombre de convicciones que no le huyó a los desafíos. Y esa es, quizás, la mejor herencia que deja.